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jueves, 10 de febrero de 2011

Primera traducción al español del Ulises, en un año Joyce



Primera traducción al español de Ulises de James Joyce, realizada por un argentino en 1945, primera edición en la biblioteca a la que tal vez le falte el cubretapa, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1945; también tenemos la segunda edición por la misma editorial y traductor


"¡Acaba de aparecer una traducción de Ulises!". Borges, riéndose de buena gana de la historia, y aunque nunca la había leído (como probablemente tampoco el original), concluyó diciendo: "Y la traducción era muy mala". A lo cual uno de los jóvenes que lo estaba escuchando replicó: "Puede ser, pero si es así, entonces el señor Salas Subirat es el más grande escritor de lengua española".


Esta anécdota es referida por Juan José Saer en un artítulo, el cual trata sobre la primera traducción a nuestro idioma del Ulises de James Joyce, tarea realizada por el argentino José Salas Subirat para Editorial Santiago Rueda de Buenos Aires en 1945.

Este año -el pasado 13 de enero- se cumplieron 70 años de la muerte de Joyce, uno los escritores en lengua inglesa más importantes de todos los tiempos.

Desde su aparición la novela del irlandés se hizo famosa por su dificultad. En Buenos Aires, tal como cuenta Saer, hacia 1944 se había formado una comisión para traducir a Ulises entre varios escritores, reuniones a las que asistía Jorge Luis Borges. Pero el trabajo le tocó en suerte a José Salas Subirat, un porteño autodidacta, que con su obra personal nunca pudo ni rozar semejantes alturas literarias.

No vamos a hablar del Ulises, porque tendríamos que ponernos a estudiar, sólo decir que nuestra biblioteca tiene la primera traducción al español, argentina, de "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust, y la primera traducción, también argentina, de Ulises de James Joyce, quienes tal vez junto con Kafka, sean los novelistas europeos más importantes de la primera mitad del siglo XX.

Esperamos pronto tener un espacio adecuado para exhibir todo este valor.

Artículo completo de Juan José Saer: El destino en español del Ulises


miércoles, 3 de noviembre de 2010

Un Borges de nuestra biblioteca en exposición




Tres acercamientos al espacio en la Fundación Alfonso y Luz Castillo donde la biblioteca Sarmiento es protagonista: arriba, en primer plano un trabajo del fotografo contemporáneo Ignacio Iasparra; en el centro, la vitrina con el libro de Borges y otras fotografías de Iasparra; abajo, el libro abierto mostrando una fotografía de Coppola, una casa característica de principios del siglo XX en el barrio porteño de Palermo.


Tal como les contábamos, un libro de nuestro acervo está siendo expuesto en la Fundación Alfonso y Luz Castillo. Se trata de la primera edición del ensayo "Evaristo Carriego" (1930) de Jorge Luis Borges, interés que llega por las fotografías del retratista porteño Horacio Coppola, contenidas en el libro.

La muestra llamada "Fotografía en la Argentina 1840-2010" es un recorrido por la fotografía argentina de todas las épocas y, del mismo modo, una permanente intersección de tiempos puesta en las miradas de los distintos artistas.

Como mejor se escribió en cultura del diario Perfil:

"Lo que prima no es un recorrido cronológico por la historia de la fotografía argentina sino una interesante serie de diálogos entre varios de los principales exponentes de este género en nuestro país. En definitiva, no se trata de 'el Bicentenario según la fotografía', sino de una muestra cargada de contemporaneidad, de una narración que establece sorprendentes vínculos entre potentes imágenes de grandes artistas. Y la 'argentinidad' es apenas una excusa para ello, un escenario común, un punto de partida". (nota original)

El barrio de Palermo retratado por Horacio Coppola por ejemplo, está acompañado por un trabajo actual del fotógrafo Ignacio Iasparra, como vemos en la imagen de arriba.

La curadora Valeria González, explica dentro de la muestra la elección de las fotografías primerizas de Coppola en el libro de Borges y lo que hoy tienen para decirnos:

"Antes de viajar por Europa, antes incluso de 'ser' fotográfo, Horacio Coppola compartió, a través de su cámara, el clima evocado en la literatura de su amigo Jorge Luis Borges. Según Luis Priamo son fotos inmaduras por su baja calidad. En opinión de David Oubiña 'se cuentan entre lo más notable de su larga producción', y responden a la búsqueda de localismo característica, en ese momento, de un sector de la vanguardia porteña. A fines de los 90, Ignacio Iasparra encontró, en la baja definición de la polaroid, un modo de evocar esa atmósfera poética.
"La fotografía contemporánea, para la cual la técnica no se mide en términos de calidad, sino en relación a la construcción de sentidos, nos da nuevas perspectivas para evaluar producciones del pasado".

La muestra se puede visitar hasta el 26 de noviembre, en Lavalleja 1062 -Palermo- Buenos Aires.


-Nota en La Nación, donde se adelanta un libro que contendrá a esta muestra, también preparado por la curadora Valeria González.
-Primeras ediciones de Borges en la biblioteca.

martes, 22 de septiembre de 2009

En busca del tiempo perdido: “A la sombra de las muchachas en flor” de Marcel Proust, por una lectora

En la Biblioteca, de tapas verdes la primera traducción completa al español de "En busca del tiempo perdido" (edición argentina de 2175 pags. en papel biblia, por Santiago Rueda, 1947) y "A la sombra de las muchachas en flor" por la misma editorial.


Gracias a la anterior encuesta sobre clásicos europeos, logramos interesar a alguien por la obra del novelista francés Marcel Proust (1871-1922). No ocultamos la alegría ya que es una de las razones cardinales que justifican la existencia de una biblioteca: promover la lectura de autores conocidos y no. Y este caso más aún, al tratarse de un novelista de difícil abordaje y al mismo tiempo considerado un clásico.

¿Y qué será un clásico? Pregunta menos trabajosa en autores antiguos, explicada en cierta medida por la permanencia a través de los siglos, pero ardua en los llamados autores contemporáneos. Notamos que la idea de “clásico” tendría dos costados: por un lado sería un retorno a lo viejo –pensemos, por ejemplo, en la palabra renacimiento- y, por el otro, una superación de eso viejo, que por ser implica un resumen de aquello y la presentación de lo mismo de un modo fresco y nuevo. De cualquier manera se piensa que para el siglo XX este análisis no alcanza. Y la obra que vamos a tratar, máxime si tenemos en cuenta su lenta recepción, pertenece a ese siglo.

"En busca del tiempo perdido" (À la recherche du temps perdu, en francés) está conformado por una serie de novelas que Proust fue publicando en diferentes entregas y algunas póstumas: “Por el camino de Swann” (1913), “A la sombra de las muchachas en flor” (1919), “El mundo de Guermantes” (1921-1922), “Sodoma y Gomorra” (1922-1923), “La prisionera” (póstuma, 1925), “La fugitiva” (póstuma, 1927) y “El tiempo recobrado” (póstuma, 1927). Depende la edición, pero en general todo el libro supera las 3000 páginas.

Nuestra lectora, que no quiso dar su nombre, leyó la segunda parte: “A la sombra de las muchachas en flor”. Ella ya pasó los cuarenta diciembres y es una nueva estudiante de la carrera de Lengua y Literatura del Instituto José Manuel Estrada de Cañuelas. Y así escribe:

La obra transcurre en Francia. El protagonista, un joven tuberculoso que anhela ser escritor, sufre amores contrariados no correspondidos. En la piel del narrador, Proust delinea, irónicamente por momentos, aristócratas, burgueses, artistas, gente de pueblo, realizando diferentes enfoques de cada uno de ellos. También realiza de manera estética descripciones de lugares y la naturaleza. Y como bien lo indica su título, son las “muchachas en flor” las que centran su atención, son los personajes femeninos los que el autor, de manera exhaustiva y con un dejo de admiración, logra definir realzando su espíritu.

Su poder de síntesis hace que imaginemos el texto en la contratapa de alguna de las ediciones sueltas que se encuentran. Y como la lectora no tiene conexión a Internet, creemos que se trata de un trabajo esforzado y original. Cuesta encontrar en toda la web, una crítica en español a En busca del tiempo perdido, porque claro, hay que sentarse a leer un rato.

Es la razón por la que elegimos también compartir parte del prólogo al volumen Por el camino de Swann de una edición española, donde se tratan los sentidos literario, filosófico y psicológico de la novela mayor:


Cuando comienza su redacción, hacia 1908, Marcel Proust es un burgués culto, un judío refinado, homosexual y asmático al que la sociedad francesa no reconoce como un verdadero escritor. (…)

Abrimos el primer tomo y escuchamos una voz que comienza su monólogo: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano…”

¿Quién es el que habla: Yo, el Narrador, Proust? No importa demasiado. A partir de aquí, el relato avanza lentamente, formando sutilísimos meandros, recorriendo incansablemente el mapa sentimental de la memoria. Todos son matices, detalles, sugerencias, búsquedas, adivinaciones… (…)

Al hacerlo, está revolucionando la novela contemporánea. Ante todo, el espacio: como Kafka, es un gran descubridor de nuevos mundos interiores. (…)

A partir de Proust, el tiempo es el gran protagonista de la novela contemporánea: es tan íntima la conexión entre los recuerdos y las vivencias actuales que los novelistas recurren de modo habitual y sin anunciarlo claramente a los saltos en el tiempo, la técnica cinematográfica del flasback, las series cronológicas paralelas…

La obra de Proust significa, sobre todo, la cumbre –y quizá el final- de la novela psicológica. Lo que él incorpora al análisis psicológico es una sensibilidad extraordinaria que capta matices de una finura antes desconocida: cualquier detalle de la realidad, insignificante en apariencia, gana riqueza y profundidad mediante relaciones constantes entre objetos y tiempos. De este modo, el narrador nos ofrece un mundo algo enrarecido pero de una extraordinaria belleza.

Añádase a todo eso una morosidad, un tempo lento que va a ser muy fundamental de buena parte de la novela contemporánea.

La búsqueda de Proust culmina en su análisis del tiempo: sólo la memoria nos puede salvar de la discontinuidad, de la muerte. Pero no nos sirve para eso la memoria intelectual, voluntaria, que no conserva nada vivo, sino el recuerdo involuntario, inexplicable, que nos acomete de improviso, unido a la sensación. (…)

La técnica proustinana tiene mucho que ver con el impresionismo: ya no hay barreras, todo se comunica. (…)

La obra de Proust es, por último, un ejemplo de lo que llamamos la novela summa, la novela total: la que nos da, en síntesis, la experiencia y sabiduría adquiridas a lo largo de toda una vida. (En esto, como en todo, El Quijote sigue siendo la referencia básica).

Al fondo de todo late una dimensión simbólica universal, ¿qué vida humana no es, en cierta medida, una búsqueda del tiempo perdido?


Prólogo de Andrés Amorós, en Por el camino de Swann de Marcel Proust, edición de El Mundo, Unidad Ed. S.A, Colección Millenium (las 100 joyas del milenio), 1999, Madrid, España.


Sitios:

-Nota en "La Nación" sobre las traducciones de la obra y el no poco importante papel que jugaron las argentinas:
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=753523
-Una crítica de alguien que leyó toda la novela:
http://www.solodelibros.es/01/12/2005/a-la-busca-del-tiempo-perdido-marcel-proust/
-Y bueno, en esta página http://www.librosgratisweb.com/ pueden bajar el libro completo. Por si quieren probar.



Así comienza Por el camino de Swann, o sea En busca del tiempo perdido:


Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: «Ya me duermo».Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado: no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido, los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; en seguida recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos, y aun más quizá para mi espíritu, al cual se aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente oscura. Me preguntaba qué hora sería; oía el silbar de los trenes que, más o menos en la lejanía, y señalando las distancias, como el canto de un pájaro en el bosque, me describía la extensión de los campos desiertos, por donde un viandante marcha de prisa hacia la estación cercana; y el caminito que recorre se va a grabar en su recuerdo por la excitación que le dan los lugares nuevos, los actos desusados, la charla reciente, los adioses de la despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche, y la dulzura próxima del retorno.

lunes, 3 de agosto de 2009

¿Qué es un códice?

El primer libro de investigación de Carlos Vega fue escrito gracias a la lectura de un códice realizado por un monje español en América. Veamos ahora qué es un códice.

Se denomina códice (del latín bloque de madera, libro) a un documento con el formato de los libros modernos, de páginas separadas, unidas juntas por una costura y encuadernadas. Aunque técnicamente cualquier libro moderno es un códice, este término se utiliza solo para libros escritos a mano, manufacturados en el período que abarca desde finales de la Antigüedad Clásica hasta los inicios de la Edad Media.

El códice está conformado por un conjunto de hojas rectangulares de pergamino o de papiro que se doblan formando cuadernillos para escribir sobre ellos, los cuales se protegen mediante una encuadernación. Dichos cuadernillos, al unirse a través de la costura, llegan a constituir el códice completo. Los cuadernillos fueron denominados por los romanos duerniones, terniones, cuaterniones o quinterniones según el número de hojas contenidas antes de doblarlas. Como lo regular es que se formaran cuatro (ocho dobladas) ha quedado el nombre de cuadernos (quaterni) para designar los ejemplares más pequeños.

El Papiro, elaborado a partir de una planta acuática, se utilizó desde el siglo IV a.C, siendo Egipto el productor de este material por alrededor de tres mil años. Sin embargo empezó a perder importancia a partir del siglo II d.C. debido a la competencia del pergamino. El pergamino se conocía ya desde tiempo de Eúmenes II (195-158 a.C) y se cree que se originó en la ciudad de Pérgamo, de ahí su nombre. No era más barato que el papiro debido a que para hacer un solo documento había que sacrificar un gran número de animales, pero era menos quebradizo y resistía mejor los embates del tiempo, por lo que fue ganando en popularidad.

Existieron códices romanos, árabes, cristianos, y precolombinos en América, muchos se conservan hoy en día. El códice como se dijo es el verdadero antecesor del libro por la forma de su encuadernación, ésta permitía mayor durabilidad que los rollos y a la vez su archivo en bibliotecas.

(Fuente: Wikipedia y otros)

“Día de la Cultura Nacional”, leemos a Rojas desde Vega

Libro dedicado por Ricardo Rojas a la Biblioteca Sarmiento, su obra de teatro “Elelín” (hacer clic). En la biblioteca personal de Carlos Vega –donde guardamos más de quince títulos de Rojas- aparecen otras dos rúbricas para el musicólogo nacido en Cañuelas: en la obra de teatro “La salamanca” (1943), para la que Vega compuso música, y en “El profeta de la pampa” (1945).



En 1982 por decreto presidencial se consagró al 29 de julio como “Día de la Cultura Nacional”, en conmemoración de la muerte de Ricardo Rojas ocurrida en 1957. Pero nos resulta interesante indagar en algo las razones por las que se puede haber elegido a su persona como agente de este importante día.

Ricardo Rojas integró la llamada "generación del Centenario", un grupo de jóvenes intelectuales nacidos entre 1876 y 1886, que admiraban la obra de la generación que los había antecedido (del 80), pero eran críticos de las consecuencias que esa labor había traído al país. Atacaban el materialismo dominante y la falta de ideales, el cosmopolitismo del ´900 y la pérdida de la identidad, (lo que acabamos de decir es de manual).

Encontremos mejor un lugar por donde abordar sus obras, que superan con mucho los treinta títulos. Blasón de plata es justamente su publicación para el Centenario de 1910, y resume lo que luego dio en llamar el ciclo de “filosofía de la nacionalidad”, integrado por otras tres obras suyas: La restauración nacionalista, La argentinidad y Eurindia.

Vamos a leer, como siempre:

“El pueblo argentino, al cobrar conciencia de sí mismo durante el siglo XIX, ha padecido un doble extravío acerca de sus orígenes: por lo que tenía de americano, creyó necesario el antihispanismo y, por lo que tenía de español, juzgó menester el antiidianismo. Semejante posición espiritual era el resultado de una deficiente información histórica, o deformación del pasado por pasiones políticas; todo ello comprobación de que la propia conciencia nacional no había llegado a su madurez. La nueva posición que ahora buscamos ha de consistir en el equilibrio de todas las fuerzas progenitoras, dentro de la emoción territorial”.

“Las naciones no reposan en la pureza fisiológica de las razas
–quimérica por otra parte-, sino en la emoción de la tierra y la conciencia de su unidad espiritual, creada por la historia, por la lengua, por la religión, por el gobierno, por el destino”. Blasón de plata, capítulo XVIII

Uno de los constructores de la nacionalidad que vuelve estar en el tapete de las discuciones, para bien o para mal, es Sarmiento. Blasón de plata, según Rojas, está concebido como respuesta a la interrogación hecha por el sanjuanino: “¿Argentinos? Desde cuándo y hasta dónde; bueno es darse cuenta de ello”. Ante el creciente aluvión inmigratorio y el consiguiente cosmopolitismo urgía una contestación.

Hoy, a casi cien años del nacionalismo de Rojas, Felipe Pigna vuelve a estampar la misma frase de Sarmiento en uno de sus “Mitos de la historia", cuanto habla que lejos de hallar respuesta, el problema sigue intacto.

La obra del tucumano sin embargo siguió su curso. Con Sarmiento como tema, entre sus obras, podemos citar: El profeta de la pampa y Pensamiento vivo de Sarmiento, selección recomendable para introducirse a los cincuenta y tantos tomos de la obra completa del sanjuanino, con lúcido estudio del presentador.

Ricardo Rojas se manejaba con facilidad en varias áreas: filología, folklore, literatura, entre otras que hoy ya deben haber cambiado de nombre. Fue el primero en estudiar sistemáticamente la literatura argentina desde sus remotos orígenes, en la Universidad de Buenos Aires creó el Instituto de Literatura Argentina, del que fue primer director. En nuestra Biblioteca Sarmiento se puede consultar la segunda edición de su monumental “Historia de la literatura argentina”, dividida en cuatro tomos (en realidad, son más): Los gauchescos, Los coloniales, Los proscriptos y Los modernos, que resulta un verdadero ensayo de la cultura del país. Y de la que Borges, con su acostumbrada malicia, dijo que “ocupaba más espacio que toda la literatura anterior”.

Una preocupación central en la obra de Rojas es el mundo indígena, cuya mayor profundización queda reflejada en “Eurindia”. El sueño acariciado hacia el final de sus días, y que no pudo cumplir, fue hacerse cargo de la embajada argentina en el Perú, nación que según sus ideas resumía la combinación de España y América, clave que persiguió durante toda su vida.

Al margen o a propósito de la fecha, nos preguntarnos qué hacer con su obra –creemos que fuera de cursos o cátedras especializadas no se lo lee- y desde dónde hoy nos puede hablar. Los libros –poesías, teatro y ensayos de claridad expositiva- todavía están ahí.


Casa Museo de Ricardo Rojas:
http://www.cultura.gov.ar/direcciones/?info=organismo&id=12&idd=5
Biografías:
http://www.argentinidad.com/info/biografias/rojas.htm
http://www.yrigoyen.gov.ar/rojas.htm


El misterioso códice en manos de Rojas que inicia las publicaciones musicológicas de Carlos Vega


La fotografía del códice en el libro de Carlos Vega "La música de un códice colonial del siglo XVII"


La piedra fundamental de la musicología, que es la obra de Carlos Vega, se inicia con el estudio de un códice colonial del siglo XVII en poder de Ricardo Rojas. El poeta nacido en Cañuelas entra en relaciones con el entonces director del Instituto de Literatura Argentina y, en poco tiempo, se transforma en el continuador de la brecha abierta por el mismo Rojas, creando el gabinete de musicología más importante del país posibilitado por el avatar de sus viajes.

El misterioso códice, que según Vega “ofrece al historiador del arte virreinal americano el único documento musical erudito de la colonia conocido hasta nuestros días”, llega a manos de Rojas por donación de un caballero peruano, Jorge M. Corbacho, venido a Buenos Aires en 1916 en busca de documentos antiguos. El musicólogo, primero a través de fotografías y luego trabajando con el códice en el estudio de Rojas, desglosa el documento en la publicación La música de un códice colonial del siglo XVII de 1931, editada por el mismo Instituto de Literatura de la UBA.

El códice, o bien llamémosle cancionero, no es otra cosa que un escrito sobre un monje español emigrado, con residencia en Cochabamba y después en Cuzco, donde muere. Decimos “sobre” porque el documento tiene anotada por otras manos incluso la muerte de su principal autor (Fray Gregorio de Zuola), en 1709.

Los novatos en música no tenemos por qué preocuparnos, el libro de Vega también presenta exquisitos fragmentos de poesía sumergida en el Siglo de Oro español. Nos dice el autor: “El contenido literario y musical del infolio corresponde a las disponibilidades inmediatas de un espíritu nutrido en España, acaso en Madrid, durante el reinado de Felipe IV: Lope de Vega, célebre antes y después de su muerte (1635), y a menudo recordado en el códice, tiene aquí un romance que fue publicado por vez primera en 1621; de la misma época son algunas ediciones de romances que el monje reproduce”. La poesía es entonces en parte copiada y en parte original, pues en aquella época cantar en alabanza era una forma de recordar y también de originalidad.

Desde el punto de vista musicológico, Vega resume las sugerencias del códice en la introducción: “El conocimiento de este cancionero no modifica las opiniones corrientes. Esclarece, simplemente, las actividades creadoras de algunos compositores cultos del XVII; confirma las generales presunciones de que los españoles trajeron y desarrollaron en la colonia su propia técnica y características escolásticas, en música; complementa el panorama sensorial de un siglo oscuro; y, por fin, elimina todas las posibilidades que, con riesgo de lo admitido por la historia sin base documental, amenazaban con incorporarse sobre una notación de difícil lectura. Desde el punto de vista musicológico las canciones del códice son muy fecundas en sugestiones. Nada las vincula al suelo en que fueron anotadas; se trata aquí, de un nuevo cancionero español dictado en América a un monje emigrado, por la nostalgia de su lejana España”.

Sobre el final el autor alza su voz de protesta, del modo que lo haría cualquier espíritu curioso del siglo XX: el monje con su alma inclinada y tendida hacia el recuerdo de su España cristiana, ningún comentario dejó sobre las resonancias autóctonas:

“¡Soledad tremenda la de su corazón, pleno de reminiscencias, insensible a medio siglo de tierra y de cielo americanos!

Nada vio el monje en torno. Sus dotes y preferencias pudieron haber dejado a la historia de la música de América documentos de valor incalculable; pero no quiso oír, no quiso ver. Sonaban al alcance de su alma cantares de proverbial belleza, y él seguía sordo a cuanto no viniera de su interior, absorto y cautivo del concento que bullía más allá de un océano cuyas aguas no había de surcar nunca en viaje de retorno”.


Pero:

“No formulará nuestra pluma sombra de reproche al amanuense franciscano; muy al contrario, le debemos gratitud por el paciente esfuerzo con que aprisionó en el códice las páginas que nuestra dedicación develaría cerca de tres siglos después de sus andanzas coloniales.” (p.91)


Carlos Vega trabajó junto a Ricardo Rojas en el Instituto de Literatura Argentina de la Universidad de Buenos Aires desde 1933 a 1947 y, como ya dijimos, el Gabinete de Musicología Indígena y luego el Instituto Nacional de Musicología pueden ser entendidos como una continuidad de la siembra inicial de Rojas. Tal vez, la relación Rojas-Vega, quede resumida en la dedicatoria de Vega en “Panorama de la música popular argentina”: “A Ricardo Rojas, maestro de maestros”.

jueves, 19 de marzo de 2009

Semana de la Poesía, manden sus escritos. (Y exposición de viejos)


Están llegando los poemas de esta antología, algo desordenada y heterogénea, que vamos armando. Desde los doce años a los setenta, el amor y la protesta conviven en nuestros poetas que esta semana compartieron lugar con los clásicos, empapelando una pared.

A su vez la gente tuvo al alcance un pequeño museo y una selección de obras para llevarse. Entre las antigüedades nombramos: dos primeras ediciones de Pablo Neruda, Estravagario (1958) por Losada y Los versos del capitán (1958) también por Losada, que en las primeras tiradas el autor publicó como Anónimo (ver foto abajo); tres primeras ediciones de Jorge L. Borges, El oro de los tigres (1972), La moneda de hierro (1976) e Historia de la noche (1977), todas por Emecé e ilustradas por importantes artistas como Berni, y de Borges también la primera edición de su ensayo sobre el poeta Evaristo Carriego (1930), por M. Gleizer editor; la edición primera de los poemas Tala de Gabriela Mistral, por editorial Sur; de Dante Alighieri El Infierno (1935) por M. Gleizer, la traducción completa de la Divina Comedia por Bartolomé Mitre y otra edición española de la obra de 1921 con láminas de Gustavo Doré; las Poesías Completas de Almafuerte en un ejemplar de 1955 con prólogo de Álvaro Yunque; algunas de las super económicas publicaciones de poesía que hacía la Editorial Claridad (valor, 20 ctvos.) en la década del 20 (aunque más duraderas que muchas de las de ahora); y no podían faltar los locales y universales Carlos Vega y Guillermo Etchebehere, y sus únicas primeras ediciones. Siempre en Poesía. Creemos haber dejado en claro que fue nuestro tema.

Y sigan mandando sus poemas que alargamos la fecha unos días, Penélope teje y desteje y nos espera en Ítaca.

Como adelanto, uno de los trabajos que llegó, País de los sueños de Cariol.


País de los sueños

Rocío bautismal que en rito lento
la noche de primavera mojas
bajo la sorda advocación del viento
que susurra entre las flores y las hojas
balbuceando encantamientos
muy antiguos, ya olvidados.

País de los sueños!; entre tus brumas
hay un claro del bosque encantando
donde danzan los elfos a la luz de la luna.
El niño, sueña y suspira
y despierta por fin en su cuna,
sus ojos se abren asombrados
ante el misterio de los lejanos astros
que muelen el silencio acompasados.

¡Región perdida entre los sueños!
es inútil buscarla en los mapas
o querer precisar con empeño,
pues al despertar, ya se escapa
de la mente del pequeño.

Cariol
















martes, 5 de agosto de 2008

Primeras ediciones de Borges


En el mercado editorial de hoy en día la mayoría de los libros que se producen con el tiempo disminuyen de valor en un sentido inversamente proporcional a la tirada inicial. Quiere decir, cada vez valen menos. Mientras en autores que empezaron con una tirada ínfima (como el escritor que tratamos), ocurre no poder valuarlos nunca con exactitud por el peso específico de la obra.

En la Biblioteca Sarmiento están las siguientes primeras ediciones de Jorge Luis Borges.


Los ensayos:

-El idioma de los argentinos (1928) M. Gleizer editor -con viñetas de Xul Solar-.
-Evaristo Carriego (1930) M. Gleizer editor.
-Discusión (1932) M. Gleizer editor.

En cuento:

-Historia universal de la infamia (1935) Editorial Tor, Colección Megáfono –primer libro de cuentos de Borges-.

En poesía:

-El hacedor (1960) Emecé.
-El oro de los tigres (1972) Emecé.
-La moneda de hierro (1976) Emecé –con ilustraciones, guardas y láminas de Antonio Berni-.
-Historia de la noche (1977) Emecé.

domingo, 29 de junio de 2008

Partes del libro

Los libros no son simplemente hojas impresas llenas de texto o ilustraciones. Los libros están compuestos de partes y cada una de ellas tiene un nombre y una función específica. Aunque no todos los libros poseen todas las partes enumeradas aquí, estas se pueden encontrar en unos y otros.


Portada, portada interior o página de título.

Contiene los nombres completos del autor o autores, el título completo del libro, la casa editorial (en la mayoría de los casos el logotipo de ésta), el lugar y el año de impresión, nombre del prologuista, méritos del autor, etc.

Anteportada o portadilla

Es la hoja anterior a la portada, en la cual sólo se anota el título de la obra.

Lomo

En ese lugar se imprimen, generalmente, el nombre del autor y título de la obra. Es la parte opuesta al corte de las hojas.

Contraportada

Es la página que se está en la cara posterior a la portadilla, con el nombre de la serie a que pertenece el libro y otros detalles si este hace parte de una serie o colección, o puede también ir en blanco.

Prefacio, introducción y/o presentación

Es el preámbulo, el proemio o parte que precede al cuerpo principal de la obra. Página(s) destinada(s) al escrito que sirve como preparación para lo que es la materia principal del libro.

Cuerpo de la obra

Es la parte medular de un libro y puede estar dividido en partes, capítulos, etcétera. Su capítulo final es el de las conclusiones.

Glosario

Parte del libro en el cual se definen términos específicos utilizados en la obra.

Cubiertas

Son la tapa del libro; los planos y el lomo de papel con que se forma la parte exterior del libro. En la cubierta anterior, también llamada portada exterior, es donde se imprime el título del libro, el nombre del autor y la casa editorial que lo publica.

Índices y listados

Pueden ser analíticos, temáticos; onomásticos, cronológicos, geográficos, de mapas, de ilustraciones, de gráficas, de fotografías, etc. y generalmente suelen ir al final de la obra.

Apéndices o anexos

Complementos o suplementos del cuerpo principal del libro constituidos por documentos importantes, datos raros, cuadros, etc.

Camisa o forro

La camisa es una cubierta suelta de papel con la cual se protege el libro. En ella se imprime, generalmente a color, la portada del libro o el nombre de éste.

Solapa

La solapa es una prolongación lateral de la camisa o de la cubierta (si esta es de papel delgado) que se dobla hacia adentro y en la que se imprimen, generalmente, los datos del autor, la foto, otras obras publicadas, etc.

Guardas

Hojas de papel en blanco que unen el libro y la tapa (en algunos casos) y sirven para la protección de las páginas interiores.

Preliminares

Antiguamente se utilizaba una página anterior al texto e incluía Censuras, Loas, Privilegios, etc. Modernamente está en desuso o bien se utiliza en caso de existir algún texto de agradecimiento.

Hojas de respeto o cortesía

Hojas en blanco que se colocan al principio y al final del libro. En ediciones de lujo o especiales se colocan dos o más hojas de cortesía.

Frontispicio o frontis

Página anterior a la portada, que suele contener algún grabado, fotografía o viñeta.

Página legal o de derechos

Es la página que está en la cara posterior a la portada, donde se anotan los derechos de la obra: el número de la edición y el año, número de reimpresión, el nombre del traductor (si es una obra originalmente escrita en otro idioma), el año en que se reservaron los derechos, representados por el signo © (copyright), el lugar de impresión, la casa editorial, el International Standard Book Number (número internacional normalizador de libros) conocido como ISBN, etc.

Agradecimientos

Es la página en la cual el autor del libro da las gracias a quienes colaboraron de alguna forma con la publicación, investigación o elaboración del libro.

Colofón

El colofón va generalmente en la última página impar, en la cual se imprime el lugar de impresión, fecha y el nombre de la imprenta. También incluye el número de tirada (copias impresas) y el logotipo o escudo del impresor. Muchas veces se agrega el tipo de letra usado y la clase de papel.

Epílogo o ultílogo

Parte añadida al final de una obra literaria en la que se hace alguna consideración general acerca de ella o se da un desenlace a las acciones que no han quedado terminadas.

Bibliografía

Listado de las obras consultadas por el autor para la elaboración de su obra.

Lista de abreviaturas

Es un listado por orden alfabético que presenta los símbolos y/o abreviaturas utilizadas en el cuerpo de la obra.

Advertencia

Palabras con las que se advierte o se pone de manifiesto algo que debe tenerse en cuenta antes de empezar a leer el libro. Cuando se trata de una reimpresión, el autor o el editor aclaran si la obra conserva la estructura de la anterior o si hay alteraciones o ampliaciones notables.

Prólogo

El prólogo puede denominarse también prefacio o introducción y se le llama así al texto previo al cuerpo de la obra. El prólogo puede estar escrito por el autor, editor o por alguien que conozca muy bien el tema que ocupa a la obra.

Índice general o contenido

Es una relación organizada del contenido del libro. Si se pone al principio se llama "contenido" -generalmente en las obras científicas- y si va al final se llama "índice" -generalmente en las obras literarias-.

Epígrafe

Es la página reservada para la expresión, frase, sentencia o cita que sugiere algo del contenido del libro o lo que lo ha inspirado.

Dedicatoria

Es el texto con el cual el autor dedica la obra a alguien en especial, se suele colocar en el anverso de la hoja que sigue a la portada.


http://www.espanolsinfronteras.com/LenguaCastellana-RD02-Literatura06LTEspanolaPartesdelLibro.htm

Martín Fierro







Algunas de las tapas y portadas de las más de treinta ediciones del Martín Fierro que hay en la Biblioteca.

viernes, 27 de junio de 2008

"El payador" de Leopoldo Lugones, primera edición, 1916

Joya bibliográfica y, además, libro clave para la interpretación y revalorización del Martín Fierro de José Hernández. El principal argumento del texto, de gran erudición, es que el Martín Fierro (1872) sería una obra del talante de las grandes épicas universales y pondría los fundamentos que caracterizan a la "raza argentina" reunidos en la figura del gaucho.

Varias de las tesis del libro provocaron estupor y hasta la burla de los círculos intelectuales del momento. Lugones establece una relación directa del Martín Fierro con obras como La Ilíada de Homero, el Cantar del Mio Cid, incluso la Divina Comedia. Para ello hace una estimación particular de los valores griegos (perpetuados en las obras citadas e ingresando al poema argentino a través de la herencia española). La influencia griega habría desempeñado un papel crucial en cada renacimiento de la humanidad. El gaucho encarnaría estos valores en su búsqueda de justicia, libertad y belleza.

“El payador” recopila una serie de conferencias dictadas en el Teatro Odeón en 1913, presenciadas por el mismo Presidente de la Nación y sus ministros, tal la importancia que ellas revestían. Fue una de las publicaciones en conmemoración del centenario de la Independencia. Más allá de los errores sociológicos o historiográficos que pueda contener, y la urgente afirmación de la nacionalidad correspondiente a ese momento país, resulta increíble que la última edición de “El payador” tenga ya más de 30 años.


En la Biblioteca también se encuentra la primera edición de "Historia de Sarmiento" por el mismo autor, publicada en 1911. Allí dice, sobre Sarmiento y José Hernández: "el país ha empezado a ser espiritualmente con esos dos hombres". El libro se escribió por encargo de otro importante intelectual del momento, José María Ramos Mejía, entonces presidente del Consejo Nacional de Educación.

Imagen 1: Portada de "El payador"Imagen 2: Algunas de las partirturas de canciones populares que incluye "El payador", por ejemplo la "Zamba de Vargas" (foto) y La Huanchaqueña". La obra también contiene un repaso -por momentos sumamente crítico- de toda la literatura gauchesca anterior al MF.
Imagen 3: Portada de la primera edición de "Historia de Sarmiento" de Leopoldo Lugones.
Imagen 4: uno de los 4000 ejemplares de la novela de Lugones "La guerra gaucha" firmados por Leopoldo Lugones (hijo), edición de 1948. El hijo de Leopoldo Lugones fue un personaje tristemente célebre de la historia argentina, torturador e inventor de la picana eléctrica. (Click para agrandarlas)

jueves, 1 de mayo de 2008

Borges, los libros y las bibliotecas


Primera edición de "Evaristo Carriego", Jorge Luis Borges, 1930, ejemplar de la Biblioteca


“El universo (que otros llaman la Biblioteca)”
La Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges

"De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación. En César y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro. (...)

Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón. Luego enumera los autores que le gustan. Cita a Virgilio, dice preferir las Geórgicas a la Eneida; yo prefiero la Eneida, pero eso no tiene nada que ver. Montaigne habla de los libros con pasión, pero dice que aunque los libros son una felicidad, son, sin embargo, un placer lánguido.

Emerson lo contradice ‑es el otro gran trabajo sobre los libros que existe. En esa conferencia, Emerson dice que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. En ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez. Tenemos que abrir el libro, entonces ellos despiertan. Dice que podemos contar con la compañía de los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que no los buscamos y preferimos leer comentarios, críticas y no vamos a lo que ellos dicen.

Yo he sido profesor de literatura inglesa, durante veinte años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien. Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación, lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros. (...)

Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.

Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria. (...)

He hablado en contra de la crítica y voy a desdecirme (pero qué importa desdecirme). Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del sigio XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. Igual sucede con Lugones y Martínez Estrada, el Martín Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.

Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto superticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría.

Eso es lo que quería decirles hoy".

Conferencia en la Universidad de Belgrano, 24 de mayo de 1978, Obras Completas IV, Emecé


"Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia, cabe agregar, ya que cambiamos, ya que somos (para volver a mi cita predilecta) el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito".

Noche quinta: la poesía, de Siete Noches, 1977, Emecé


"El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas. (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza".

La Biblioteca de Babel, Ficciones, 1944