jueves, 9 de junio de 2011


Ganadores del Concurso de Cuento y Poesía "Guillermo Etchebehere"


El sábado 4 de junio, en el marco de un programa cultural más amplio, se conocieron los ganadores del Concurso de Poesía y Cuento “Guillermo Etchebehere” 2010. Los jurados examinaron un total de 51 obras entre ambos géneros y categorías. La categoría Menores de 18 años fue declarada desierta, al no poder el jurado contar con cantidad de material suficiente para expedir un resultado. El mismo estuvo integrado por la editora María Encabo, el ensayista Guillermo David y la poeta María Malusardi (ver datos abajo).

Se otorgaron diplomas por participación a los jóvenes Tomás López Cajaraville y Guido Andrés César de la categoría Menores de 18. En tanto los premios de Mayores se entregaron en el siguiente orden y a los siguientes escritores:

-MENCIÓN EN CUENTO: “La Cani”. Seudónimo: Locorotondo. Horacio Martín Rodio Sein (Burzaco)

-TERCER PREMIO EN POESÍA: “Delirio de un ojo”. Seudónimo: Ghino. Carlos Alberto Brunali (San Fernando)

-TERCER PREMIO EN CUENTO: “Entrevero”. Seudónimo: Juan Cuello. Néstor Enzo Mori (Cañuelas)

-SEGUNDO PREMIO EN POESÍA: “Numen”. Seudónimo: Agnus. Néstor Enzo Mori (Cañuelas)

-SEGUNDO PREMIO EN CUENTO: “Visión del estanque”. Seudónimo: Paul. Eduardo José Borawski Chanes (Mar del Plata)

-PRIMER PREMIO EN POESÍA: “Soy tu sombra”. Seudónimo: Jorge Corazón de León. Jorge Hermiaga (Moreno)

-PRIMER PREMIO EN CUENTO COMPARTIDO: “La Celda”. Seudónimo: Negro. Fernando Abdo (Cañuelas) y “Por la misma vereda”. Seudónimo: Sauce Viejo. José Ramón Canalís (Haedo)


La conducción del evento estuvo a cargo de Cristian Cirigliano, presidente de la biblioteca, y Nina Sabino, vicepresidente. A los ganadores se les entregó diploma y, como obsequio, un ejemplar de la Antología de Autores de Cañuelenses en el Bicentenario compilada por Tomás Riva y editada por la Municipalidad de Cañuelas. También prometimos hacerles llegar a domicilio las obras de arte anunciadas como premiación en las bases.

Desapegados de cualquier excesiva formalidad, quisimos que los ganadores se presentaran ante todos con palabras elegidas en la ocasión. Y luego de conocer a los premiados, compartir las obras ganadoras en la voz del integrante de los narradores sociales de la biblioteca, Carlos Otero, quien con su lectura suscitaba un nuevo comentario de parte del escritor y las preguntas de quienes desearan realizarlas.

En primer lugar se leyeron los dos cuentos ganadores, "La Celda", de Fernando Abdo, y "Por la misma vereda", de José Ramón Canalís. El cuento de Abdo, periodista de conocida trayectoria en Cañuelas, generó un inmediato impacto en los presentes. El autor explicó que había elegido el tema al sorprenderse que el jefe de escuadrón de San Martín en la Batalla de San Lorenzo, Justo Bermúdez, haya pasado casi desapercibido para la historia. "Por la misma vereda", de José Ramón Canalís, es un relato de evidente carga erótica, pero el autor en un sentido más amplio rescató el encuentro entre dos personas inmersas en la rutina diaria y la metáfora de que todos alguna vez podamos ir "por la misma vereda".

El reconocido con el primer premio en Poesía, Jorge Hermiaga, se acercó a leer "Soy tu sombra", tras un inesperado homenaje a Guillermo Etchebehere al recitar "Mi casa campesina". Los otros dos ganadores en Poesía, Néstor Mori y Carlos Brunali -quienes completan la lista de los premiados que asistieron- fueron interpretados por Carlos Otero de los narradores sociales.

Como estaba anunciado también en este día, se vio un adelanto del documental "Guillermo Etchebehere", con producción e investigaciones de Isidro Frescino y Juan Manuel Rizzi, y la guía del relato de Telma Martines. En realidad se trató de una edición de 10 minutos donde se mostraron dos semanas de trabajo, entrevistas a Susana Frasseren en el Rancho Los Uncalitos, a la sobrina del poeta Analía Etchebehere y a su amigo en los años 40, el escritor Carlos Gorostiza, con quien se obtuvo un grabado de 1 hora de duración, todo un lujo. El documental se prolongará en los relatos de Telma Martines -voz de la autobiografía del poeta-, otros familiares, amigos, lugares, poemas, músicas y análisis de la obra.

El cierre tuvo a Sergio Massarotto interpretando la milonga "La mano de mi rumor", música de Atahualpa Yupanqui sobre poema de Etchebehere, y "Zamba del carnaval" de Cuchi Leguizamón. La primera en una versión "más campera" a la del mayor compositor del folclore argentino, pero con la misma calidad de arreglos.

Final para este certamen auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación, en el que sumamos nuevos amigos.

(Video de InfoCañuelas sobre la entrega.)



LOS TRES JURADOS:

María Encabo (1950), editora y profesora de Literatura. Trabajó como periodista y lectora editorial. Recientemente editó para Capital Intelectual los títulos de la colección “Los Recobrados” que dirige el escritor Abelardo Castillo. Enseña en el Colegio Secundario Domingo Faustino Sarmiento de la ciudad de Buenos Aires, en el que se instrumentó un plan especial para fortalecer y mejorar el aprendizaje de alumnos de alta vulnerabilidad provenientes en su mayoría de la Villa 31.
Es permanente colaboradora y consejera de nuestra biblioteca.


Guillermo David (Bahía Blanca, 1965), ensayista, traductor, editor y Coordinador General del Museo Nacional del Grabado.
Publicó en libro: Witoldo - O la mirada extranjera (Colihue, en 1998), Carlos Astrada - La filosofía argentina (El cielo por asalto, en 2004), Perón en la chacra asfaltada (Colectivo editor, en 2006) y El indio deseado - Del dios pampa al santito gay (Las cuarenta, en 2009), ensayo basado en la vida de Ceferino Namuncurá.
Tradujo a Raymond Williams, Antonio Gramsci, Marcel Proust, Rodrigo Gelamo, entre otros.
En 2010 vino a nuestra biblioteca a dar la conferencia “La invención del gaucho”, inspirada en los libros “El Payador” de Leopoldo Lugones y “El mito gaucho” de Carlos Astrada.


María Malusardi, escritora, docente y periodista cultural. Nació en 1966, publicó los libros de poesía Payaso Rojo (Editorial La lámpara errante, 1989), El accidente (Editorial Mascaró, 2001), la carta de vermeer en 2002, variaciones en la niebla en 2005, diálogo con pescadores en 2007 (estos tres últimos por Editorial Alción), museo de postales (Editorial El Suri Porfiado en 2008) y trilogía de la tristeza (Alción, en 2009).
Finalista del Concurso de Poesía Olga Orozco 2008, cuyo jurado estuvo integrado por Antonio Gamoneda, Gonzalo Rojas, Juan Gelman y Jorge Boccanera.
Es profesora en la escuela de periodismo TEA. Trabajó en la sección Cultura de Clarín de 1991 a 1996, y luego en otros diarios como Perfil. Participó como entrevistadora en la Audiovideoteca de Escritores Argentinos, dependiente de la Subsecretaría de Comunicación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Durante el período 2003‐2006, escribió sobre arte, teatro y literatura en la revista Debate.
Dicta talleres de lectura y escritura en forma privada y en instituciones públicas.
Web: http://mariamalusardi.com.ar/



A continuación, tres de las obras premiadas:



La Celda

“Serás lo que debas ser, o no serás nada”.
José de San Martín


La primera cosa que ve cuando abre los ojos es el hueco que deja en la sábana la pierna que ya no está.

Varios días y varias noches hace ya que el capitán despierta con la misma imagen, aunque en verdad ya no distingue bien qué es sueño y qué no lo es. Esta vez sabe que no imagina, tan real el agudo tintineo de los cacharros sobre la bandeja del franciscano.

La vela del monje ilumina esa pequeña celda, que es la suya propia. Allí descansa el capitán que tan valiente luchó en el campo de San Carlos al frente de los granaderos. Lo delicado de su situación obligó a atenderlo en privado, en esa celda contigua al refectorio donde se curaron soldados españoles y criollos por igual. El coronel San Martín ordenó que no se escatimen esfuerzos en el cuidado de Bermúdez. Si hasta trajeron de la ciudad al doctor Argerich para que se encargue personalmente de la amputación. El franciscano trae como en cada turno una sopa, gasas y agua para aliviar la fiebre del capitán, que en los últimos días solo le viene en forma intermitente. El hombre ya no quema por fuera, pero por dentro le arde el peor de los infiernos.

El capitán Bermúdez piensa que ya no se oyen ruidos en el comedor contiguo. Tras la batalla solamente se habían escuchado gritos y maldiciones. Después llantos; con el correr de las noches, sólo lamentos. Piensa Bermúdez que la mayoría están de seguro curados. Otros, lisiados como él, ya habrán podido dejar el convento. “Los más dichosos –se dice- están muertos”.

Es verdad, ya casi no se oían lamentos desde el comedor. Él hubiese preferido estar ahí, cerca de los hombres que bajo su mando dieron la vida. Piensa en el puntano Luna, en el chileno Alzogaray, y en el teniente Díaz Vélez, que cabalgó a su lado en la embestida final hasta caer por el barranco. Uno de los primeros muertos fue el negro Cabral, según le dijo el franciscano. Lo recordó enseguida: simpático y corajudo, aunque no muy buen jinete. -“Les ganamos a estos mierdas”- le contó el monje que dijo Cabral antes de dejarse ir. Bermúdez no pudo evitar una carcajada. El franciscano no dejaba de persignarse; para él la muerte era algo sagrado.

Bermúdez piensa orgulloso que desde el comedor nadie lo oyó gritar a él. Ni una queja, ni siquiera cuando San Martín lo fue a despedir y a anunciarle que la pierna le iba a ser amputada. –“Lo que usted mande, mi coronel”- fue todo lo que dijo Bermúdez. Nunca iba a poder olvidar el rostro del imponente jefe, marcado todavía por la cicatriz que le hiciera Zabala.

Nada dijo San Martín sobre la falta de Bermúdez, pero sus ojos lo dijeron todo.

No volvió a ver a su jefe. Un día más tarde, todo el regimiento emprendió el camino de regreso hacia Buenos Aires. Su amigo Hipólito Bouchard fue el encargado de la despedida en nombre de todos los demás. Durante los minutos que estuvo en la celda, Bouchard puso sobre las piernas del capitán la bandera roja y gualda arrebatada a costa de la vida de un oficial español. Fue lo último que Bermúdez tuvo sobre sus piernas. Un día después, Argerich hizo la amputación. Y vino la fiebre.

El capitán Justo Bermúdez sintió el sonido de los aceros y los caballos de la partida durante la madrugada. Eran ahora aceros manchados de sangre. El paso de los granaderos, más seguro. Hubiera dado su brazo por poder ir con ellos. Pero ya había dado la pierna, y allí debía quedarse.

A Justo Bermúdez -que tiene 27 años esa noche boca arriba en la celda del franciscano- se le llenan los ojos de lágrimas cuando recuerda a su pequeño hijo. “Ya está dando sus primeros pasos, - piensa- dentro de poco aprenderá a montar”. Aprieta su puño con fuerza para contener el odio. No será él quien le enseñe, se dice. Y llora.

Un día después de la operación, cuando la fiebre lo abandonó por unas horas, pudo ver por primera vez ese maldito hueco en la cama. No se asombró; ya sabía lo que iba a pasarle. Pero jamás imaginó que la ausencia del miembro podía sentirse de esa manera. La herida todavía duele, aunque ya no haya nada. “¿Cómo carajos?”, se preguntó entre dientes. Aún podía sentir la carne viva que el cañonazo desfloró en el muslo. Y juró que todavía le apretaban las botas y le sangraban los callos que le dejó ese terrible viaje desde Buenos Aires, apurados por ganarles de mano a los soldados que mandaba Zabala.

Otra vez la fiebre. Otra vez la imagen del coronel San Martín.

Bermúdez había peleado junto a hombres bravos. Había viajado desde su Montevideo natal para ponerse a las órdenes de Liners, un francés arrogante pero cojonudo al que todos amaban. Demostró ser un fiero ese Liniers, abriendo con su propio sable a unos cuantos ingleses. Pensó el capitán que no tuvo un justo final, fusilado en nombre de esa patria que sin él nunca hubiera sido.

De vuelta en su ciudad natal, Bermúdez también peleó al lado de Artigas. Menos disciplinado, y también más inexperto, pero no menos guapo era el caudillo. “Pero –pensó el capitán- el más bravo de todos es San Martín”. El coronel recién llegado de España era apenas conocido en el Río de la Plata cuando Bermúdez llamó a las puertas del regimiento de Retiro. Había tenido que dejar la banda oriental para acompañar a su mujer, embarazada de su primer hijo. San Martín lo recibió en el regimiento de granaderos, y después de ver su foja de servicios le reconoció el cargo de teniente. Unos meses después, lo ascendería a capitán.

Una punzante úlcera estomacal hace retorcer de dolor a Bermúdez en aquella cama de San Carlos, cuando recuerda a San Martín. Siente odio, una rabia espesa y negra, y maldice su destino. Es tanta la admiración que le tiene al jefe que no se perdona haberle fallado. Desea por milésima vez haber muerto en el campo de batalla.

San Martín es un hombre de pocas palabras. Todo lo contrario del mierda de Alvear, su otro jefe, ese que en Buenos Aires seguro estaría brindando por el triunfo de San Lorenzo. “Pero que no vino –pensó- porque ahora es más político que soldado”. San Martín, en cambio, apenas si habla lo justo y necesario. Cuando Bermúdez le preguntó minutos antes del combate cuáles eran las instrucciones para la columna que él lideraba, el jefe se limitó a decir, sin mirarlo: -“Se las doy cuando nos encontremos en el medio de los españoles”. La fiebre, y también el odio, hacen temblar al capitán Bermúdez. El franciscano le cambia los paños.

El convento de San Carlos es un cementerio esa noche. Ya lo es literalmente, puesto que varios de los muertos descansan en las improvisadas tumbas. Pero también por el silencio. Después de tantos días de relinchos, aceros y maldiciones, después de gritos y lamentos, ahora nada se oye. La oscuridad es total en la celda del franciscano, y Bermúdez piensa si no estará muerto. Pero lleva una mano a su pierna y comprueba que su infierno terrenal no se acaba. ¿Cómo seguirá ahora su vida? ¿Estará condenado a mendigar para que su hijo pueda comer, mostrando sus medallas y pidiendo respeto? No puede imaginarse no volver a montar, no puede imaginarse la mirada de su mujer. El la quiere a su lado por hombre, no por lástima.

El terror que los cañones enemigos no le infundieron, se lo da en cambio esa imagen. Siempre sintió compasión por esos pobres hombres que pasean sus muñones, y sus patas de palo, envueltos en uniformes desvencijados. Conoció algunos que resistieron junto a su lado cuando los ingleses, y alguna vez le pidió a Dios ser muerto en batalla antes que terminar así.

Pero la imagen que más lo atormenta no es esa sino otra mucho peor. La mirada de San Martín se lo había anticipado: el capitán cometió un error irreparable, le falló al hombre en quien más creía, y su jefe, por más aprecio que le tuviera, no perdonaba jamás ese tipo de errores. Otra vez el estómago le arde y el techo de la habitación se ilumina con imágenes del combate.

El plan del coronel era exacto. Los milicianos rosarinos al frente, casi como un señuelo. Y dos columnas de granaderos, como pinzas, como una máquina perfecta, aplastan al enemigo y lo trituran. Bermúdez estuvo al frente de la columna derecha. La otra la lideró el propio San Martín. No era habitual que los jefes estuvieran en la primera línea de batalla, pero éste no era un tipo común. Era un bravo, fogueado en Bailén y con unos cojones grandes como su alma.

La rabia no lo deja pensar a Bermúdez. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Acaso dio un rodeo demasiado largo? ¿Acaso debió galopar más rápido? La memoria no lo ayuda. Lo único que recuerda es el sonido de los cañones, los aceros, los gritos, cuando él y los suyos todavía no habían llegado sobre las tropas españolas. Fueron unos segundos. Quizá un minuto, o seguramente menos. Pero lo suficiente para que los españoles pudieran dispersarse.

Bermúdez falló, y nadie podrá nunca cambiar eso. El resto de la batalla lo recuerda mejor. Llegó al punto de encuentro pautado con San Martín, en medio de las tropas españolas. Allí pudo a ver a su jefe herido, sin caballo, y supo que debía hacerse cargo de lo que quedaba de lucha. San Martín dio la orden de perseguir y Bermúdez fue el encargado de cumplirla. Los granaderos empujaron a los realistas hasta la barranca misma del Paraná. Allí, en medio de una carrera ciega llena de odio y remordimiento, fue alcanzado por una bala de cañón de los buques españoles. Bermúdez cierra los ojos. Ya no quiere recordar nada más. Y la fiebre que vuelve.

Piensa en su hijo. Y piensa en su mujer. Seguramente San Martín no se olvidará de ellos. Aprieta el puño y mira el techo de la celda. El franciscano acaba de irse, con los restos casi intactos de la sopa. Calcula Bermúdez que son las ocho o las nueve en San Lorenzo. En el convento de San Carlos no vuela una mosca. Los monjes irán a sus celdas, y nadie lo molestará hasta la madrugada.

Bermúdez piensa otra vez en San Martín. Y en su hijito al que no pudo ver montar. Y con los ojos bañados en lágrimas, comienza a aflojar las vendas que aprietan el muñón y contienen la hemorragia. Cuando el franciscano lo encuentre al amanecer, ya será tarde.

Primer Premio en Cuento –compartido-
Fernando Abdo



Por la misma vereda


Tarde de viernes y hastío, los imperturbables brazos del reloj de pared indican como cada día a esa hora, faltan diez minutos para las veinte y punto, el último expediente de la fecha, de la semana. El lunes será otro día, y será también otra pila que vomitará la mesa de entradas. Diez minutos para el final de la jordana, en bostezos interminables las bocas se abren, mientras los cajones, guardianes de lo intrascendente, se cierran deglutiendo papeles escritos, la goma, un lápiz, la lapicera Bic, la abrochadora, el pinche, un bloc de anotaciones, la caja de clips y fatalismo sobre el que asiento mi trágica existencia cada día.

Tomo del perchero mi ajado saco azul, ya desteñido. Ella cuelga su cartera marrón con un cierto encanto que a pesar de la hora, no pasa desapercibido. Sale delante de mí. Controlo por última vez y de un vistazo que todo esté en orden, cierro con la quinta, la sexta y la séptima llave la pesada puerta. La bocanada de fuego de finales de diciembre nos golpea en el pasillo. El aire acondicionado ha quedado allí dentro, nuestras anatomías comienzan a transpirar, agobiadas. Un ventanal, un relámpago, un rayo señalan las imprevisibilidades del verano porteño. Nos miramos, nuestras bocas se corresponden en un gesto mezcla de contrariedad y resignación, mientras esperamos el enorme ascensor (descensor, pienso estúpidamente por ocupar mi mente.)

Abro las puertas tijera, la invito con un gesto a que pase, luego entro, cierro y pulso el botón de letras desgastadas. Los espejos enfrentados multiplican hasta el infinito nuestras figuras durante la fugaz caída de tres pisos. Nuestros ojos no tienen escapatoria, el juego de imágenes llena el ascensor y nos obliga a contemplarnos con timidez. Elijo una y una en cada fila y juego a que se sacan la lengua, a que se quieren, a que abrirse el ascensor dirán adiós al resto y saldrán del espejo, abrazados. La cuarta de su fila me inquieta, mira a la segunda de mis imágenes como con lástima, movida tal vez por la indefensión de mi vestimenta para afrontar un meteoro tan fuera de todo cálculo. Mi tercera en cambio se estremece contemplando a la quinta, pienso en la blusita de seda color durazno mojada, pegada sobre su cuerpo, no puedo ocultar que se ratonea. Como una centella el pensamiento sale del frío espejo y se concentra en el maldito agujero en la media suela de mi zapato izquierdo, en el ridículo de mi único saco de verano encogiendo, dejando mis muñecas y puños afuera por el resto de la temporada. Maldito verano y maldito corralito, tendré que soportar el marrón de media estación y las pesadas bromas.

Estamos en planta baja, sólo ella y yo bajamos, las imágenes quedan encerradas, protestando tras las rejas. Llegamos al umbral, caminamos unos pocos metros por la vereda y el diluvio se desata con inusual saña. Ella opta por el peinado, lo cubre con su cartera. Fraternal, protejo sus hombros calientes con mi brazo derecho y corremos hasta el refugio del bar de la esquina que nos parece inalcanzable. La corrida y la baldosa floja que piso nos provocan una sana e infantil hilaridad. La lluvia no cesa, por el contrario. Estamos parados. Somos dos figuras grotescas, confundidas, diferentes a las que quedaron como evidencia en los espejos del ascensor. Estamos allí, en ese punto donde nuestros caminos cotidianos se bifurcan, en las direcciones opuestas del subte A.

En un acto reflejo, le sugiero entrar al café hasta que amaine la lluvia. Me mira, nos miramos, con un dejo de curiosidad. Ocho años trabajando juntos, nueve horas por día, cuarenta y cinco semanales, ciento noventa y ocho horas mensuales, casi dos mil quinientas al año, si computamos las horas extra. Cuánto tiempo juntos, sin conocernos. Amelia, se llama Amelia López, acepta con una sonrisa la invitación.

Optamos por una mesa pequeña, junto a la vidriera. La lluvia golpetea impulsada por el viento, se desliza por el vidrio, lava la pared y la vereda y busca por la cuneta su destino final de alcantarilla.

El repiqueteo se entremezcla con las palabras intrascendentes que fluyen desordenadamente. El duende de la seducción se instala sin haber sido llamado. Entre los pocillos y el aroma penetrante del café exprés, las manos inquietas se aferran a las pequeñas cucharas que giran y giran sin cesar. Parecen querer participar al oscuro brebaje del incipiente mareo que nos va atrapando lentamente y que comparten.

He tratado siempre de no hablar en vano, de sopesar las palabras, de buscar su justo sentido, su profundo significado, aunque rara vez he tenido éxito. Pero en aquel momento comencé a descubrir que las odiadas trivialidades pueden no serlo, que dependen del contexto y las circunstancias. Que la conversación puede transformarse en una partitura con sonidos más o menos armónicos, sin estricto sentido, que permiten administrar los tiempos y la manifestación de sentimientos que apasionadamente pujan por irrumpir por los labios desatados.

No es que trate de disculparme porque hablé y hablé hasta por los codos. Amelia no lo debe haber vivido así porque replicaba con gracia y entusiasmo.

Así la palabra comenzó a desprevenirnos, a desnudarnos, rescatábamos cada término significativo como el buscador de oro su pepita entre el burdo montón de barro y piedra.

Vaya si desnuda la palabra, si lo sabré yo que más pedestremente había comenzado por despojarme de mi viejo y mojado saco, colgándolo sobre el respaldo de la silla. Después, puse en la charla, sin darme cuenta, mis más íntimas desnudeces de alma y sentimientos.

Aprecié que ella hacía lo mismo. En la conversación, mi mirada tímida se posaba en cada botón de su blusita mojada y los desabrochaba libidinosamente, mis palabras se deslizaban sobre un mágico pentagrama, llegaban hasta la altura de sus pechos, abrían suavemente aquella prenda y con inocencia y rubor adolescente se quedaban allí, flotando en el aire. De pronto sus senos brotaban turgentes e incomparables en mi mente. Mis labios succionaban nerviosos el borde del pocillo. Me avergüenzo todavía, pensé morbosamente en un cortado.

Las cucharitas giraban alocadamente. Por contraposición, me veía desnudo frente a sus ojos. Quería creer que a ella le sucedía lo mismo. El travieso duende parecía no querer irse.

Mi imaginación volaba, el subido rosado de sus mejillas denunciaban la correspondencia. Nuestros cuerpos desnudos, impúdicos, como los vahos del café, se elevaban jugueteando entre los ventiladores y el cielo raso. Nuestras miradas se encontraban en la mesa, las cucharas, apoyadas una sobre otra, dejaron de girar, las manos se apretaron en silencio. Había parado de llover. Llamé al mozo, pagué, me miró sonriente como dándome ánimo. Nos dirigimos hacia la puerta.

El brazo mayor del reloj de pared de la oficina habría dado desde que cerré por lo menos tres vueltas más en su maratón interminable. Sentí un escalofrío a pesar de la calma y la temperatura, que empezaba a subir nuevamente. Estaba totalmente nervioso, temblaba como una hoja. Me preguntó, seductora, si me sentía bien. Asentí con la cabeza. El último subte cansado de esperar cerró sus puertas, tal vez con un dejo de complicidad o de nostalgias.

Parados en la esquina dudamos un momento, ella miró hacia el Congreso, yo amagué hacia la Nueve de Julio. Nos miramos a los ojos, vi una lágrima y la sonrisa de su rostro. Nos fuimos ante la sorpresa del jacarandá y la nuestra, por primera vez y para siempre. Nos fuimos, fundidos en un beso, caminando sin prisa...por la misma vereda.

Primer Premio en Cuento –compartido-
José Ramón Canalís



Soy tu sombra


Parada delante de tu puerta

hechizo de la noche

deshojando tréboles.

Uno no elige la sombra,

en la epifanía de los tiempos

yo soy ella.

Floto en el aire

en cada amanecer

de azahares rojos.

Tibios olores de recién

baldeados azulejos

traen sueños de meterse

el uno en el otro,

abro los ojos

y dejo atrás milenios.

La luna me recorta

detrás de tus pasos.

Andar paciente,

donde se extravía la mirada

se evapora el horizonte.

Si das vuelta la cara verás:

Una lágrima correr

imaginando aguaceros.

Un desplumado cantar

de jilgueros

afinando gargantas

junto a la ventana.

Cuando el sol caliente

un árbol ocupará mi espacio

y me iré a dormir

como desconocida.


Primer Premio en Poesía
Jorge Hermiaga

2 comentarios:

S. Frasseren dijo...

Me gustaron los tres premios. Abdo viene del periodismo, me permito decirle que siga contando y le auguro éxitos. S.Frasseren

Julio-Debate Popular dijo...

La verdad me encanto este evento. Espero que se siga se siga promoviendo de manera masiva para tener más participación. Saludos.